¿Qué hace un gasteiztarra en el Ártico? (I)

“Ahí estaba yo. Esperando el vuelo en el aeropuerto de Hamburgo, casi sin darme cuenta de que las tres semanas que iba a vivir se me iban a grabar en mi memoria para siempre. Iba a tener una experiencia al alcance de pocos: ir al Ártico y embarcar en un rompehielos para pasar 15 días surcando aguas y atravesando hielo. Y lo mejor de todo, era parte de mi trabajo.

Mi primer destino fue Longyearbyen, donde tenía que esperar un día y medio antes de embarcar. La cosa no empezó bien. Demasiados retrasos que ponían en peligro disfrutar del único día completo allí. Por suerte, conseguimos llegar, aunque bastante tarde. Aterrizamos a las 2:00 de la noche. Ahí empezaron las cosas que ocurrían por primera vez en mi vida. Era completamente de día, no había ni rastro de la mínima oscuridad. Esta ciudad es la más grande y habitada (1.600 personas) del archipiélago de Svalbard, un conjunto de islas situado en el Océano Ártico. Debido a su latitud, 78º N, hay 5 meses de oscuridad entre octubre y febrero, y otros 5 meses de luz continua entre abril y agosto. Viviendo en Kiel estoy acostumbrado a tener amaneceres a las 3:30 de la mañana, pero esto era muy diferente. Y lo iba a ser durante el resto de mi aventura, ya que hasta principios de agosto no empieza a oscurecer en Tromsø, mi último destino.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Otra de las curiosidades de Longyearbyen es que uno no está autorizado a abandonar la ciudad sin llevar un rifle. Esto es debido a la presencia de osos polares. Parece una broma, pero todos los años se dan casos de ataques de osos a personas desarmadas, y muchas veces terminan en tragedia. No tengo licencia de armas, así que decidimos contratar un guía y hacer una excursión al monte más alto de la zona, Nordenskiöldtoppen, de 1050 metros de altitud. La caminata eran 10 horas, pero mereció la pena. Tuve la oportunidad de ver montañas nevadas a orillas del océano, glaciares gigantes. El paisaje era una especie de desierto blanco. Las plantas más altas no medían más de cinco centímetros. A pesar de ello, es increíble ver cómo sigue existiendo vida debajo del hielo y la nieve, en unas condiciones extremas.

La sensación de estar en otro planeta crecía según íbamos alejándonos de Longyearbyen. Se veían fósiles por todos los lados y los pocos animales que vimos no tenían miedo de nosotros. El hombre puso el pie por primera vez allí hace 100 años, y eso hace que los pájaros no huyan cuando te acercas. Es más, hay algunas especies que atacan si te aproximas a sus nidos. Tuve la suerte de ver un par de renos de Svalbard mientras bebían agua de un pequeño río. Los animales ni se inmutaron, a pesar de que yo estaba a cinco metros de ellos.

Al día siguiente tocaba dar el segundo paso en mi viaje. Embarcar en el Polarstern. Un rompehielos de 120 metros de longitud, suficiente para albergar a 50 científicos y otros tantos miembros de la tripulación. Accedimos a él a través de una zodiac. Dejaba atrás cualquier tipo de comunicación con el mundo durante 15 días. Sin móvil, Internet, televisión o periódicos. La verdad es que no es un tiempo tan largo, y me sirvió para desconectar durante unos días de la tan escuchada y leída palabra “crisis”.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Desde el primer minuto a bordo comenzamos a trabajar. No había tiempo que perder. Teníamos el primer muestreo al día siguiente a las 4:00 de la mañana y debíamos desempaquetar todo el material del laboratorio y dejarlo todo preparado para cuando empezara la acción. Los primeros días fueron bastante difíciles. La gente hablaba sólo en alemán y eso hacía complicado relacionarse. También los horarios de muestreo eran bastante duros, la mayoría de días nos tocaba trabajar de madrugada, así que dormíamos durante la mañana después de haber tomado y procesado las muestras de agua. A pesar de todas estas adversidades yo era feliz. El barco tiene varias opciones de ocio. Hay un pequeño gimnasio, una sauna, mesas de ping pong, una sala de juegos, un bar que abre tres días a la semana… y la joya del entretenimiento, una piscina. No es muy grande, pero lo suficiente como para poner dos canastas en cada lado y jugar una especie de basket-waterpolo. Se hace especialmente divertido cuando el mar está bravo. Se generan unas olas en la piscina que hace casi imposible moverse por sí mismo dentro del agua.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Otra de las cosas que me gustaba era subir al puente de mando e intentar divisar ballenas. Se necesita paciencia, pero merece la pena. En 2 horas se podían ver diferentes tipos de ballenas. Siempre había un whale watcher, se encargaban de contar pájaros y ballenas durante todo el crucero. Ellos nos explicaban qué tipo de ballena era, cómo distinguirla y qué comportamiento solía tener.

A pesar de estar rodeado de gente, tenía mi vía de escape en la cubierta superior del barco. El punto más alto, conocido como monkey island. Allí, fuera, lejos del sonido de los laboratorios, de la gente y de las máquinas, conseguía aislarme. Me ponía el traje térmico y podía pasarme horas. Escuchando las olas, viendo cómo los pájaros acompañaban al barco, leyendo un libro, oyendo música… simplemente, olvidándome de todos mis problemas”. (Continuará…)

Jon Roa

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Archivado bajo Colaboraciones, Jon Roa

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