¿Qué hace un gasteiztarra en el Ártico? (II)

“Lo mejor del viaje tardó en llegar. Estuve esperando este momento desde que puse mis pies sobre el Polarstern. Era la segunda semana, un lunes a las 3 de la madrugada y había una niebla bastante espesa. Yo estaba en el puente de mando cuando el radar empezó a detectar pequeños trozos de hielo que, a los pocos minutos, comenzaron a aparecer alrededor del barco. Finalmente, una gran plataforma de hielo apareció en el horizonte. El momento en el que el barco penetró en ella no se me olvidará nunca. Una pequeña sacudida indicó que ya estábamos rompiendo el hielo. Era un sonido indescriptible. Es increíble ver cómo placas de hielo de un metro de espesor se rompen con la facilidad con la que se parte el chocolate. El estar dentro del barco viendo este espectáculo no era suficiente para mí. Salí del puente y bajé al punto más cercano a la superficie para vivir más cerca este momento. Es una de las cosas más impresionantes que he vivido. El Polarstern avanzaba impasible atravesando la placa y dejando un rastro detrás, como si fuera un río en mitad de un desierto blanco.

Estuvimos 4 días surcando el hielo. A pesar de tener niebla a todas horas, conseguimos divisar un oso polar tumbado, mirando al barco como las vacas miran al tren. También tuvimos ocasión de ver grupos de focas, y hasta un par de morsas. Además de ver animales, me habían recomendado estar en la sauna mientras íbamos rompiendo el hielo. La sauna está pegada al casco del barco, y eso hace que, cuando fuera hay temperaturas que no superan los -5ºC, se pueda disfrutar de 80ºC mientras se escucha como la proa va rompiendo el hielo. Desafortunadamente, no estábamos autorizados a bajar al hielo, es el único “pero” que puedo poner.

Tras casi dos semanas de duro trabajo, el crucero llegaba a su fin. Una barbacoa al aire libre, una fiesta en el bar, comidas especiales… y el último regalo para la vista: navegar por los fiordos de Tromsø. Como ya os he dicho, no tuvimos noche en todo el viaje. A pesar de ello, la entrada al fiordo fue sobre las 4 de la madrugada. A esa hora el sol estaba acariciando el horizonte. El reflejo producía una luz naranja que se reflejaba sobre las montaña. Un auténtico lujo y un broche de oro para una experiencia única.

Que hace un gasteztarra en el Artico

Cuando llegamos a Tromsø llegaba el momento de decir adiós. Fue algo bastante duro, ya que después de dos semanas viviendo juntos, no es fácil despedirse de alguien que muy probablemente no vayas a ver el resto de tu vida. Pero el vivir en Alemania me ha acostumbrado a este tipo de situaciones. Por fin estábamos en tierra firme.

En Tromsø estuve 3 días de vacaciones. Para ser sinceros, la ciudad no es bonita. Hay que tener en cuenta que viven en una latitud muy alta, y el clima deteriora mucho los edificios y las calles. En cambio, los alrededores son increíbles. Altas montañas rodeadas por mar. Con estrechas carreteras comunicando los pequeños pueblos. Tuve la idea de alquilar una bici, y la verdad es que no me arrepentí. Hice una excursión cada día. Perdiéndome en ambas ocasiones. La gente de la zona me ayudó a orientarme de nuevo y encontrar el camino de vuela a Tromsø. Da gusto estar en un país en el que el idioma oficial no es el inglés, pero hasta la persona más anciana domina ese idioma sin problemas. Además era gente muy acogedora. Un chico me ofreció su garaje para guardar la bici mientras subía a un monte. Cosa inimaginable en otros lugares.

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Por último, he de decir que si alguien desea visitar el norte de la península escandinava, que se olvide del estereotipo de cielo azul y montes verdes. Según me comentó la gente de allí, llueve casi a diario y los días con sol se pueden contar con los dedos de la mano. Es sólo una recomendación para todo aquel que quiera visitar la zona. Los paisajes son increíbles, pero el clima es algo que no todo el mundo está dispuesto a “sufrir”. En mi caso, no me supuso un impedimento para poder andar en bici y hacer un poco de montañismo. Sólo se necesita ropa adecuada y, sobre todo, ganas de disfrutar de una naturaleza salvaje.

Después de haber salido un 13 de julio, ya era 3 de agosto. El tiempo pasó volando. Tres semanas que parecieron días. Era hora de poner punto y final a mi travesía por el Ártico. Longyearbyen, el océano, el Polarstern, los animales, el hielo, los fiordos… paisajes y momentos que he vivido en persona, y que me hacen sentir un privilegiado. Muchas veces he escuchado que hay cosas que no se compran con dinero. Quizá esta se pueda comprar con dinero. Pero estoy seguro que de no ser por mi trabajo, jamás la hubiera podido vivir”.

Jon Roa

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