Archivo de la categoría: Jon Roa

¿Qué hace un gasteiztarra en el Ártico? (II)

“Lo mejor del viaje tardó en llegar. Estuve esperando este momento desde que puse mis pies sobre el Polarstern. Era la segunda semana, un lunes a las 3 de la madrugada y había una niebla bastante espesa. Yo estaba en el puente de mando cuando el radar empezó a detectar pequeños trozos de hielo que, a los pocos minutos, comenzaron a aparecer alrededor del barco. Finalmente, una gran plataforma de hielo apareció en el horizonte. El momento en el que el barco penetró en ella no se me olvidará nunca. Una pequeña sacudida indicó que ya estábamos rompiendo el hielo. Era un sonido indescriptible. Es increíble ver cómo placas de hielo de un metro de espesor se rompen con la facilidad con la que se parte el chocolate. El estar dentro del barco viendo este espectáculo no era suficiente para mí. Salí del puente y bajé al punto más cercano a la superficie para vivir más cerca este momento. Es una de las cosas más impresionantes que he vivido. El Polarstern avanzaba impasible atravesando la placa y dejando un rastro detrás, como si fuera un río en mitad de un desierto blanco.

Estuvimos 4 días surcando el hielo. A pesar de tener niebla a todas horas, conseguimos divisar un oso polar tumbado, mirando al barco como las vacas miran al tren. También tuvimos ocasión de ver grupos de focas, y hasta un par de morsas. Además de ver animales, me habían recomendado estar en la sauna mientras íbamos rompiendo el hielo. La sauna está pegada al casco del barco, y eso hace que, cuando fuera hay temperaturas que no superan los -5ºC, se pueda disfrutar de 80ºC mientras se escucha como la proa va rompiendo el hielo. Desafortunadamente, no estábamos autorizados a bajar al hielo, es el único “pero” que puedo poner.

Tras casi dos semanas de duro trabajo, el crucero llegaba a su fin. Una barbacoa al aire libre, una fiesta en el bar, comidas especiales… y el último regalo para la vista: navegar por los fiordos de Tromsø. Como ya os he dicho, no tuvimos noche en todo el viaje. A pesar de ello, la entrada al fiordo fue sobre las 4 de la madrugada. A esa hora el sol estaba acariciando el horizonte. El reflejo producía una luz naranja que se reflejaba sobre las montaña. Un auténtico lujo y un broche de oro para una experiencia única.

Que hace un gasteztarra en el Artico

Cuando llegamos a Tromsø llegaba el momento de decir adiós. Fue algo bastante duro, ya que después de dos semanas viviendo juntos, no es fácil despedirse de alguien que muy probablemente no vayas a ver el resto de tu vida. Pero el vivir en Alemania me ha acostumbrado a este tipo de situaciones. Por fin estábamos en tierra firme.

En Tromsø estuve 3 días de vacaciones. Para ser sinceros, la ciudad no es bonita. Hay que tener en cuenta que viven en una latitud muy alta, y el clima deteriora mucho los edificios y las calles. En cambio, los alrededores son increíbles. Altas montañas rodeadas por mar. Con estrechas carreteras comunicando los pequeños pueblos. Tuve la idea de alquilar una bici, y la verdad es que no me arrepentí. Hice una excursión cada día. Perdiéndome en ambas ocasiones. La gente de la zona me ayudó a orientarme de nuevo y encontrar el camino de vuela a Tromsø. Da gusto estar en un país en el que el idioma oficial no es el inglés, pero hasta la persona más anciana domina ese idioma sin problemas. Además era gente muy acogedora. Un chico me ofreció su garaje para guardar la bici mientras subía a un monte. Cosa inimaginable en otros lugares.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Por último, he de decir que si alguien desea visitar el norte de la península escandinava, que se olvide del estereotipo de cielo azul y montes verdes. Según me comentó la gente de allí, llueve casi a diario y los días con sol se pueden contar con los dedos de la mano. Es sólo una recomendación para todo aquel que quiera visitar la zona. Los paisajes son increíbles, pero el clima es algo que no todo el mundo está dispuesto a “sufrir”. En mi caso, no me supuso un impedimento para poder andar en bici y hacer un poco de montañismo. Sólo se necesita ropa adecuada y, sobre todo, ganas de disfrutar de una naturaleza salvaje.

Después de haber salido un 13 de julio, ya era 3 de agosto. El tiempo pasó volando. Tres semanas que parecieron días. Era hora de poner punto y final a mi travesía por el Ártico. Longyearbyen, el océano, el Polarstern, los animales, el hielo, los fiordos… paisajes y momentos que he vivido en persona, y que me hacen sentir un privilegiado. Muchas veces he escuchado que hay cosas que no se compran con dinero. Quizá esta se pueda comprar con dinero. Pero estoy seguro que de no ser por mi trabajo, jamás la hubiera podido vivir”.

Jon Roa

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Deja un comentario

Archivado bajo Colaboraciones, Jon Roa

¿Qué hace un gasteiztarra en el Ártico? (I)

“Ahí estaba yo. Esperando el vuelo en el aeropuerto de Hamburgo, casi sin darme cuenta de que las tres semanas que iba a vivir se me iban a grabar en mi memoria para siempre. Iba a tener una experiencia al alcance de pocos: ir al Ártico y embarcar en un rompehielos para pasar 15 días surcando aguas y atravesando hielo. Y lo mejor de todo, era parte de mi trabajo.

Mi primer destino fue Longyearbyen, donde tenía que esperar un día y medio antes de embarcar. La cosa no empezó bien. Demasiados retrasos que ponían en peligro disfrutar del único día completo allí. Por suerte, conseguimos llegar, aunque bastante tarde. Aterrizamos a las 2:00 de la noche. Ahí empezaron las cosas que ocurrían por primera vez en mi vida. Era completamente de día, no había ni rastro de la mínima oscuridad. Esta ciudad es la más grande y habitada (1.600 personas) del archipiélago de Svalbard, un conjunto de islas situado en el Océano Ártico. Debido a su latitud, 78º N, hay 5 meses de oscuridad entre octubre y febrero, y otros 5 meses de luz continua entre abril y agosto. Viviendo en Kiel estoy acostumbrado a tener amaneceres a las 3:30 de la mañana, pero esto era muy diferente. Y lo iba a ser durante el resto de mi aventura, ya que hasta principios de agosto no empieza a oscurecer en Tromsø, mi último destino.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Otra de las curiosidades de Longyearbyen es que uno no está autorizado a abandonar la ciudad sin llevar un rifle. Esto es debido a la presencia de osos polares. Parece una broma, pero todos los años se dan casos de ataques de osos a personas desarmadas, y muchas veces terminan en tragedia. No tengo licencia de armas, así que decidimos contratar un guía y hacer una excursión al monte más alto de la zona, Nordenskiöldtoppen, de 1050 metros de altitud. La caminata eran 10 horas, pero mereció la pena. Tuve la oportunidad de ver montañas nevadas a orillas del océano, glaciares gigantes. El paisaje era una especie de desierto blanco. Las plantas más altas no medían más de cinco centímetros. A pesar de ello, es increíble ver cómo sigue existiendo vida debajo del hielo y la nieve, en unas condiciones extremas.

La sensación de estar en otro planeta crecía según íbamos alejándonos de Longyearbyen. Se veían fósiles por todos los lados y los pocos animales que vimos no tenían miedo de nosotros. El hombre puso el pie por primera vez allí hace 100 años, y eso hace que los pájaros no huyan cuando te acercas. Es más, hay algunas especies que atacan si te aproximas a sus nidos. Tuve la suerte de ver un par de renos de Svalbard mientras bebían agua de un pequeño río. Los animales ni se inmutaron, a pesar de que yo estaba a cinco metros de ellos.

Al día siguiente tocaba dar el segundo paso en mi viaje. Embarcar en el Polarstern. Un rompehielos de 120 metros de longitud, suficiente para albergar a 50 científicos y otros tantos miembros de la tripulación. Accedimos a él a través de una zodiac. Dejaba atrás cualquier tipo de comunicación con el mundo durante 15 días. Sin móvil, Internet, televisión o periódicos. La verdad es que no es un tiempo tan largo, y me sirvió para desconectar durante unos días de la tan escuchada y leída palabra “crisis”.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Desde el primer minuto a bordo comenzamos a trabajar. No había tiempo que perder. Teníamos el primer muestreo al día siguiente a las 4:00 de la mañana y debíamos desempaquetar todo el material del laboratorio y dejarlo todo preparado para cuando empezara la acción. Los primeros días fueron bastante difíciles. La gente hablaba sólo en alemán y eso hacía complicado relacionarse. También los horarios de muestreo eran bastante duros, la mayoría de días nos tocaba trabajar de madrugada, así que dormíamos durante la mañana después de haber tomado y procesado las muestras de agua. A pesar de todas estas adversidades yo era feliz. El barco tiene varias opciones de ocio. Hay un pequeño gimnasio, una sauna, mesas de ping pong, una sala de juegos, un bar que abre tres días a la semana… y la joya del entretenimiento, una piscina. No es muy grande, pero lo suficiente como para poner dos canastas en cada lado y jugar una especie de basket-waterpolo. Se hace especialmente divertido cuando el mar está bravo. Se generan unas olas en la piscina que hace casi imposible moverse por sí mismo dentro del agua.

Que hace un gasteiztarra en el Artico

Otra de las cosas que me gustaba era subir al puente de mando e intentar divisar ballenas. Se necesita paciencia, pero merece la pena. En 2 horas se podían ver diferentes tipos de ballenas. Siempre había un whale watcher, se encargaban de contar pájaros y ballenas durante todo el crucero. Ellos nos explicaban qué tipo de ballena era, cómo distinguirla y qué comportamiento solía tener.

A pesar de estar rodeado de gente, tenía mi vía de escape en la cubierta superior del barco. El punto más alto, conocido como monkey island. Allí, fuera, lejos del sonido de los laboratorios, de la gente y de las máquinas, conseguía aislarme. Me ponía el traje térmico y podía pasarme horas. Escuchando las olas, viendo cómo los pájaros acompañaban al barco, leyendo un libro, oyendo música… simplemente, olvidándome de todos mis problemas”. (Continuará…)

Jon Roa

Deja un comentario

Archivado bajo Colaboraciones, Jon Roa

Vitorianos de un lugar llamado mundo: Jon Roa

Hola a todos, mi nombre es Jon. Soy un gasteiztarra que, por casualidades de la vida está viviendo en Kiel, Alemania. Mi historia en este país empezó como la de mucha gente que está viviendo en el extranjero. Tras terminar mis estudios y no encontrar nada en España, decidí buscarme la vida fuera. Mi idea era la que tienen casi todos, marcharme para una temporada.

Encontré una beca Leonardo de cuatro meses en una empresa de investigación en Bremerhaven, una pequeña ciudad a orillas del mar del Norte. Llegué a Alemania en junio de 2010, sin saber alemán y, he de admitirlo, sin conocer mucho acerca de este país. Los primeros días no fueron fáciles, pero creo que como los de toda persona que se va fuera de su país.

Jon en Berlín

Después de dos años, sigo sin hablar alemán con fluidez, en el trabajo sólo utilizamos el inglés. Tengo el nivel básico para comunicarme con las personas y expresar lo que quiero, algo muy importante. Pero cuando me sacan de una conversación básica, me pierdo. Para empezar con las curiosidades de este país, voy a matar un mito. Antes de venir, me dijeron que con el inglés, no iba a tener problemas para comunicarme. Mentira.

A pesar de que el inglés está mucho más extendido que en España, no toda la gente lo domina. Eso sí, cuanto más grande sea la ciudad en la que vives, más gente lo habla. Por ejemplo, Bremerhaven tiene 120.000 habitantes, y no es tan sencillo encontrar a alguien que te atienda en las tiendas o bancos en inglés. Kiel es similar a Vitoria, con una universidad muy grande, lo que hace que haya mucha gente que hable inglés. Aunque yo me hallo en la fase que hablo el alemán, aun metiendo patadas al diccionario, y sólo uso el inglés cuando me encuentro sin salida.

Jon Roa Alemania

Como ya os he dicho, mi estancia aquí era, en un principio, de 4 meses. Pero cuando no llevaba ni 2 meses, una amiga me comentó que necesitaban a una persona para trabajar en su instituto de investigaciones marinas. Decidí probar suerte, y fui el seleccionado para dicha posición. El puesto era para 6 meses. Pero, de nuevo, al poco tiempo de estar trabajando con ellos, me ofrecieron trasladarme de ciudad y hacerme un contrato de larga duración. Y así fue. Cuando llevaba poco más de un año en Bremerhaven me trasladé a Kiel. Sigo trabajando con la misma gente, pero en otro instituto llamado Geomar.

Voy a intentar contaros mis andaduras por este país que, como todos, tiene tópicos que se cumplen, y otros que no. Vivir y trabajar en Alemania me ha dado (y me dará) la oportunidad de hacer cosas que nunca me hubiera imaginado hacer. Sin ir más lejos, en dos semanas me embarcaré en el rompehielos Polarstern, camino del Ártico, para realizar diferentes investigaciones. Desde que estoy aquí he recorrido Alemania de norte a sur, de este a oeste, y he volado más de 15 veces a países como Suecia, Dinamarca, Noruega o Escocia.

Jon Roa en Alemania

Pero no os creáis que mi vida es tan excitante, el invierno a estas latitudes es muy difícil. Apenas hay 7-8 horas de luz durante los meses de diciembre, enero y febrero. Y eso se hace más duro que el estar semanas sin superar los 0ºC, que también ocurre. Trabajo en jornada continua y no veo la luz del día entre semana. Lo que dura el día estoy en el instituto. Ver el sol sólo durante los fines de semana es algo muy duro. En cambio, ahora son los días más largos del año. A las 11 de la noche se sigue viendo el cielo azul y a las 3 empieza a amanecer.

Me gustan los retos, y éste era el mayor de mi vida. Por el momento estoy superando mi reto: sigo sobreviviendo, soy independiente y, a pesar de las dificultades de estar viviendo lejos mis amigos y familia, me considero bastante afortunado.

Deja un comentario

Archivado bajo Colaboraciones, Jon Roa