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Estambul, ciudad de contrastes

No es la capital de Turquía, pero como si lo fuera, puesto que es la ciudad más poblada del país y una de las más visitadas del mundo. Lo primero que choca de esta inmensa urbe es lo caótica que es, tráfico descontrolado y un incumplimiento total de las leyes que convierten sus carreteras en una jungla al volante. A esto hay que añadir que los taxistas no saben prácticamente nada de inglés y entenderte con ellos es una odisea. Moverte en taxi por Estambul es toda una experiencia, y lo impresionante de todo es que no vimos ningún accidente. Son demasiado orientales para ser europeos, y demasiado occidentales para ser asiáticos, algo propio de una ciudad musulmana con un pasado cristiano.

Mezquita Azul

Mezquita de Santa Sofía

El Bósforo divide la ciudad en dos partes, conectando el mar de Mármara con el Mar Negro y separando físicamente Asia de Europa. Es un estrecho que conviene recorrer para comprender esta enorme ciudad, sus barrios y su larga historia. La antigua Constantinopla primeramente fue capital del Imperio bizantino, posteriormente cuna de griegos y romanos, para finalmente acabar conquistada por otomanos. Reúne una historia exquisita, un marco incomparable en el que se percibe un crisol de civilizaciones que han ocupado la ciudad a lo largo de los tiempos. Su posición estratégica la ha convertido en un lugar cotizado, dónde actualmente convergen la cultura europea y asiática y se mezclan tradición y modernidad. Decía Napoleón que si el mundo fuera un sólo estado, Estambul sería su capital.

Crucero por el Bósforo

Es una ciudad de aromas, y aunque no todos son buenos (la ausencia de aseo está a la orden del día por parte de la población local), gusta oler las especias que se venden en el mercado, o los pescados asados de los barcos frente al Puente Gálata, el más famoso de la ciudad. En torno al Cuerno de Oro se sitúa el barrio de Sultanahmet, centro histórico de la ciudad y dónde se encuentran algunos de los lugares imprescindibles para visitar. La mezquita de Santa Sofía, antigua iglesia cristiana y catedral más grande del mundo durante mil años, actualmente convertida en museo y con una imponente cúpula que le da un encanto especial. Justo enfrente y al otro lado del antiguo hipódromo se encuentra la Mezquita Azul, mi favorita. Es la única mezquita de Estambul que cuenta con seis minaretes y es impresionante tanto por dentro como por fuera, una belleza singular redondeada con unos preciosos mosaicos azules en su interior y una preciosa simetría exterior.  Para mí, espectacular.

Interior Mezquita Azul

Interior Santa Sofía

Justo detrás de Santa Sofía, es de visita obligada el fastuoso Palacio Topkapi, residencia de sultanes y centro administrativo durante 400 años, y desde dónde se aprecia una vista imponente del estrecho del Bósforo. Cuenta con el harén del Imperio Otomano y se extiende en torno a un bello parque perfectamente cuidado. Majestuoso en su totalidad, sin duda encierra grandes secretos y leyendas y es una de las obras maestras musulmanas. La Gran Mezquita también es de cita ineludible, y en general cada mezquita por muy reducida que sea tiene su encanto y singularidad.

Cisterna

La Cisterna de Yerebatan es uno de los lugares más mágicos de Estambul. Se trata de un depósito de agua subterráneo construido al amparo de cerca de 600 columnas, en dos de las cuales se encuentran esculpidas en su base dos extrañas cabezas de Medusa, un ser mitológico griego. Me encantó la paz y tranquilidad que se percibía ahí abajo, un aura de luz y de música que te envuelven en una atmósfera mística.

Imponente luce desde todos los rincones de la ciudad la Torre de Gálata. Puesto de vigilancia durante el Imperio Otomano, desde la parte superior se puede contemplar una imágen panorámica de toda la ciudad, todo un lujo a 61 metros de altura. Esta suntuosa torre es el lugar perfecto para empaparse de los contrastes arquitectónicos de una metrópoli en constante movimiento. Las grandes mezquitas, los hermosos palacios, los barrios más decadentes, el distrito financiero y los grandes puentes que cruzan el Bósforo son un ejemplo de lo que se domina desde ahí arriba. Simplemente espectacular. Apenas hay edificios altos en Estambul y una construcción así impacta mucho visualmente.

Torre Gálata desde el Palacio Topkapi

Es muy recomendable recorrer a pie sus calles, contemplar las mezquitas más reducidas, conservadoras y curiosas y observar la disparidad entre majestuosos palacios, y calzadas y construcciones más destartaladas. Rara es la calle dónde no te encuentras baldosas sueltas, aceras en mal estado, o una más que notable suciedad. Un ejemplo es la Universidad, edificio prácticamente en ruinas y alumnos que para ir a clase deben atravesar un control de metales. En mi opinión les queda mucho para ser realmente occidentales, aunque cuentan con auténticos tesoros que cualquier ciudad de la “primera Europa” anhelaría tenerlos. Tienen mucha cultura del regateo, de no ofrecer un precio fijo y de incluso engañar a los turistas. Conviene tener cuidado en ese aspecto, sobre todo en los taxis y en algunos restaurantes, a pesar de que las diferencias no sean elevadas (ahora mismo 1 TL = 0,40 cts).

Gran Bazar

El Gran Bazar es un zoco de grandísimas dimensiones, un mercadillo gigante que comunica con el mercado de las especias y en el que se puede regatear y comprar recuerdos e imitaciones hasta hartarse. Este curioso laberinto tan solo cierra el domingo y se trata del mercado cerrado más grande del mundo. Es muy típico y realmente merece también la pena hacer un crucero por el Bósforo. Hay dos modalidades, el corto y el nostálgico. En nuestro caso, optamos por el corto y realmente no defraudó. Pero si queréis contemplar todo el estrecho casi hasta la desembocadura en el Mar Negro vuestra opción es el nostálgico. Se avanza atravesando dos grandes puentes y se puede disfrutar de unas bellas vistas que incluyen la zona europea con sus mezquitas, y la zona asiática, más residencial. Particularmente elegí el corto porque no soy demasiado amigo de los barcos, pero si queréis conocer Estambul en todo su esplendor os recomiendo el largo, hasta un pueblo pesquero en el que se puede degustar un buen pescado. Un entretenido paseo que tan sólo cuesta unos pocos euros y gracias al cual se conoce aún más esta infinita ciudad de 14 millones de habitantes (censados).

Salimos de la zona histórica para conocer Taksim, corazón y barrio occidental por excelencia de Estambul. La calle  Istiklal  cuenta con numerosas tiendas y alberga el mayor movimiento comercial y multinacional de la ciudad. Así mismo, en las calles que la rodean, y sobre todo en Nevizade, se ubican los restaurantes y bares de copas. Probablemente sea la zona con más marcha nocturna de la ciudad, incansable música en directo y un animado ambiente para disfrutar de la noche otomana. El epicentro de todo este distrito es la Plaza Taksim, dónde nos encontramos un singular festejo. El Galatasaray FC acababa de ganar la liga turca en campo rival al equipo de la parte asiática, el Fenerbahçe. Son eternos rivales tradicionalmente enfrentados y lo festejaron por todo lo alto tomando las calles de Taksim con intensos cánticos y multitud de bengalas. Turquía es uno de esos países en los que el fútbol es más que un deporte, y la rivalidad trasciende al mero aspecto futbolístico.

Celebración del Galatasaray en la Plaza Taksim

La gastronomía de Estambul es buena por lo general. Aparte de por supuesto los omnipresentes kebaps, se puede comer pescado y una variedad de carnes asadas y salteadas. La dorada y la lubina son uno de sus platos estrellas, se sirven completamente frescos junto un poco de ensalada. Abusan mucho de las especias y el picante, y otorgan un estilo tradicional a cada plato. Sinceramente, creo que se come bien, y aunque la cocina es variada, la mayoría de restaurantes tienen prácticamente lo mismo, haciéndose un poco repetitivas las comidas. De todos modos, la comida tiene un toque mediterráneo que la hace única en el mundo, e incluso los kebaps allí son preparados de otra manera. También disfrutamos  del famoso bocadillo de pescado que se sirve en un barco-puesto a orillas del Bósforo, con espinas, pero bastante rico. Así como las mejores albóndigas de Estambul, en un pequeño y coqueto restaurante en Sultanahmet (Tarihi Sultanahmet Köftecisi Selim Usta).  Para beber, aparte de la cerveza nacional, la Efes, que por cierto es una de las cervezas con menos fuerza y sabor que he bebido, tengo que mencionar el Rakı y el Ayran. El primero es un anís turco que suele tomarse acompañando a la cena, y el segundo un yogur líquido muy popular entre los locales. No hay que extralimitarse con experimentar y probar comidas y bebidas ya que uno se puede llevar alguna incómoda sorpresa. Asímismo, es obligado probar un zumo de naranja en uno de los innumerables puestos callejeros que se encuentran por toda la ciudad. Exquisito. Y barato.

Mitad barco, mitad puesto de asar pescado

Una de las grandes anécdotas de este viaje y sin ninguna duda la media hora más surrealista de mi vida la vivimos en el popular Hamam de Çemberlitaş. Se encuentra frente a la Columna Quemada de Constantino y a un par de paradas en tranvía de Sultanahmet. Por unos 30 euros puedes “disfrutar” de un baño turco, un masaje y un lavado exfoliante por todo el cuerpo. La experiencia, como casi todo en esta ciudad, es surrealista, pero en nuestro caso nos arrepentimos en cierto modo de ir. Los turcos se ensañan con los turistas, les lijan y golpean todo el cuerpo haciéndoles crujir la espalda sin ningún control. Para colmo, si quieres salir del baño turco sin haberte hecho el masaje los trabajadores del hamam se oponen y te brindan de una forma bastante maleducada un lavado a fondo de la piel. Este masaje era más suave que el primero, y no dudo que sea un tratamiento loable para desprenderse de la piel muerta y relajarse en cierto modo, pero estar allí casi desnudo mientras un turco te jabona y te lija todo el cuerpo es un poco incómodo. Todo esto para mí, claro. Un masaje completo con aceite pagando unos cuantos euros más tiene que relajar por decreto. No me gustó y por eso no volveré, pero con esto no quiero decir que a otra persona tampoco le vaya a gustar. Lo que sí es seguro, es que hay que vivir las costumbres locales, que para eso estás en Turquía.

El Cuerno de Oro desde la Torre Gálata

En conclusión, Estambul es una ciudad fascinante, se encuentra en un enclave privilegiado y con una historia milenaria plagada de mística y leyendas. Como también hay que hablar de lo malo o mejor dicho de lo que más me molestó, creo que sin duda es la personalidad de la gente local. Son muy pesados, demasiado, constantemente intentando vender , tanto pañuelos, como baratijas, colonias, lo que sea. O bien intentándote captar para cenar o tomar una cerveza. Están muy encima en todo momento, pero te llegas a acostumbrar. A lo que también te acostumbras es a la tradicional llamada a la oración de los imanes en las más de mil mezquitas. Durante cinco veces al día, cantan y despliegan un chorro de voz potentísimo que se hace oír por toda la zona gracias a los numerosos altavoces colocados en los minaretes de cada mezquita. Da la sensación de que se responden unos a otros, llegando incluso a parecer una especie de batalla sonora entre mezquitas. Esta llamada a los fieles es algo realmente genuino. Los turcos tienen sus costumbres, que por supuesto debemos respetar, y Estambul es la ciudad turca por excelencia, a pesar de no ser su capital (es Ankara desde hace casi un siglo).

Cualquier excusa vale para visitarla. En nuestro caso lo ha sido la Final Four de la Euroliga, los cuatro mejores equipos de basket europeos peleando por el preciado trofeo en el Sinan Erdem Arena. La final no pudo tener más aliciente. El Olympiacos griego remontó contra todo pronóstico la friolera de 19 puntos al CSKA de Moscú y se llevó el partido y el título en el último segundo. Un final apasionante como hacía tiempo que no se recordaba. Como he dicho, ese fue nuestro motivo, pero hay muchos otros. Cualquier aficionado a los viajes y a conocer otras culturas debería visitar Estambul. Es un placer pasear por sus calles, contemplar sus lujosas mezquitas y palacios, degustar un zumo de naranja, fumar una cachimba, relajarse frente al Bósforo viendo volar las gaviotas o regatear en el Gran Bazar. Se me hace además imposible describir la sensación cuándo te encuentras frente a uno de los prodigios arquitectónicos de la ciudad. Sí que es cierto que nos han quedado cosas por ver: El Palacio de  Dolmabahçe, la mezquita de Eyup, el barrio de Ortaköy y la impresionante Capadocia, a 700 kilómetros de Estambul. Pero, siempre hay que dejar algo para una futura visita, ¿no?

Por Ignacio (@iaranburu10)

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Ich bin ein Berliner

Pasear por Berlín es empaparse de historia, arte, música, moda y arquitectura, un sinfín de motivos por los que, para mí, es la ciudad más atractiva de Europa. A los dos nos hipnotizó, ese “algo” que no se puede describir y que sólo entiende la gente que ya ha estado. Como no podía ser de otra manera, esta extraordinaria metrópoli presidirá nuestro blog allá dónde vaya, y aquí voy a explicar el por qué. Y es que en Berlín es posible conocer Historia, no sólo de Alemania, sino de todo el viejo continente. Aquí se pueden palpar también las últimas tendencias culturales, y por supuesto, deleitarse con una de las escenas nocturnas más divertidas del mundo. Cuando la recorres te das cuenta de la transformación de una ciudad, una urbe devastada por las guerras, separada hasta hace tan sólo 22 años, pero que se ha convertido en una capital moderna y cultural, ejemplo del progreso después de su casi total destrucción en la Segunda Guerra Mundial.

Parafraseando a Nirvana, Berlín huele a juventud. Es la ciudad más joven de Europa, y probablemente, también una de las más acogedoras, fruto de un mestizaje que se manifiesta en cada rincón. La flamante Torre de TV luce imponente desde todas las esquinas de la ciudad. Está ubicada en Alexander Platz, la plaza más carismática de Berlín, con permiso de la Potsdamer Platz, moderna y vanguardista donde las haya, y en dónde curiosamente se instaló el primer semáforo de Europa, los famosos Ampelmann, tan comercializados hoy en día.

Las Catedrales gemelas alumbran la Gendarmenmarkt, otra importante plaza berlinesa, y sin duda la más bella. Me encanta pasear por Unter Den Linden, una avenida muy agradable y llena de árboles, en la que se sitúan las tiendas de lujo y los concesionarios de coches. Esta calle desemboca en el monumento por excelencia de Berlín, la Puerta de Brandenburgo. Preciosa de día y de noche, es el símbolo de una capital fascinante.

Merece la pena acercarse al monumento al Holocausto judío, un homenaje a tanta gente que perdió la vida brutalmente hace no tanto tiempo, víctimas inocentes de una guerra terrorífica. El Reischtag (Parlamento) y su cúpula de Norman Foster simbolizan la reunificación alemana, una división que marcó al país entero y sobre todo a su capital, en la que el Muro de la “vergüenza” como lo llamaban, separó a familias enteras durante 28 años, sin poder asomarse siquiera a mirar hacia el otro lado. Una barbarie que nos da pistas del por qué del Berlín actual. Un sufrimiento perpetuo que gracias al esfuerzo de los berlineses está cada vez más superado.

Precisamente en el Muro, miles, millones de personas han aportado su granito de arena en la decoración. Solo quedan unos pocos tramos, uno de ellos reconvertido en galería de arte, la East Side Gallery. Aquí se pueden ver murales y graffitis míticos, y otros más amateurs, pero no por ello exentos de belleza. Un colorido espectacular en uno de mis lugares favoritos de la ciudad.

En general cada rincón tiene su encanto. Es precioso perderse por sus calles, los diferentes barrios que rodean el ensanche berlinés reflejan una multiculturalidad envidiable, una mezcla de creencias y razas en perfecta armonía. Hay lugares mágicos, incluso estaciones de tren que se graban a fuego en la mente. Aunque la ciudad se recupera año a año, aún se notan los retazos de la ocupación comunista durante la Guerra Fría, y es en ese lado de la urbe dónde los edificios son más decadentes, casi en ruinas, pero aprovechados siempre para galerías de arte, centros culturales, o simplemente para tomar una copa con buena música y en buena compañía.

Es el caso de Tacheles, antigua cárcel nazi, ahora reconvertida en el centro cultural alternativo más famoso de Berlín. En realidad es una casa okupa, dónde los artistas crean sus obras y las plasman en las plantas más bajas del edificio. Llaman la atención sobre todo los pasillos y escaleras, cubiertos de pintadas y basura, donde jamás ha pasado un servicio de limpieza. En los pisos superiores se ubican salas de electrónica dónde los DJ´s pinchan sesiones a diario.

Pero lo mejor de Tacheles es la terraza, chiringuitos playeros donde poder disfrutar de una buena cerveza de trigo, la Weissbier, sobre la arena berlinesa. Un ambiente alternativo en un marco cosmopolita y cuya visita es obligada siempre que se viaja a Berlín.

Cae la noche y Oranienburger Straße es la calle perfecta para cenar y tomar unas copas, también Friedenstraße es otra travesía interesante para salir y divertirse. En general cualquier calle berlinesa  es buena para disfrutar de la noche. La vida nocturna de Berlín es única, un desenfreno constante que hace que la ciudad practicamente no duerma, y que se escuche música a todas horas. Las discotecas de Berlín también son famosas: Berghain, Watergate, Weekend, en su mayoría de música electrónica, aunque también hay rincones más underground como el Knaack Klub, donde habitualmente se celebran conciertos de indie y rock, y nuestra adorada Matrix.

La última vez que estuve en Berlín fue en verano de 2010, con Naiara claro, y unos cuantos amigos más. Fueron varios días con una temperatura que rozaba los 40 grados, por increíble que parezca. Por eso no dejamos escapar la oportunidad de darnos un baño en Badeschiff, una piscina flotante sobre el río Spree. Aquel fue probablemente el baño más peculiar de mi vida. Fueron unas vacaciones inolvidables, que me dejaron aún más prendado de esta bella ciudad.

Lo cierto es que en cuanto pisas Berlín no te sientes extraño, es una ciudad acogedora, que te abraza rápidamente y te embauca con esa mezcla cultural, histórica y artística inigualable. Ya no se oyen bombardeos, ahora se mira hacia el futuro. Para mí, es la ciudad perfecta, tiene de todo y para todos, y si acaso, sólo le faltan más visitas por nuestra parte.

Me viene a la cabeza la célebre frase que dijo JFK para solidarizarse con el Pueblo nada más levantarse el Muro , Ich bin ein Berliner (“Yo soy ciudadano berlinés”). A decir verdad, yo también me siento en parte ciudadano de Berlín, ¿y tú?

Por Ignacio (@iaranburu10)

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